José Luis Sampedro proporciona una definición satisfactoria de estructura: “conjunto de elementos y relaciones que caracterizan, con cierto grado de permanencia, una realidad” (Sampedro, 1961). Es decir, para entender la estructura de una economía, es necesario prestar atención a sus diferentes componentes y los vínculos multidireccionales que existen entre ellos. Del mismo modo, estas relaciones deben contar con “cierta permanencia” que no estaría reñida, más bien al contrario, con la noción de cambio estructural. Es abundante la literatura sobre los determinantes del cambio estructural y, a pesar de que se trata de un debate todavía no resuelto, caben pocas dudas de que éste es multidimensional: no existe un solo factor explicativo. Elementos institucionales, culturales o tecnológicos coevolucionan y se influyen mutuamente de manera cruzada en todo proceso de transformación estructural.

En esta nueva publicación (en acceso abierto) en el Journal of Industrial Ecology abordamos empíricamente la cuestión y encontramos evidencia de la influencia del metabolismo energético de una sociedad en su estructura económica. Para ello, tomamos una serie histórica de Tablas Input-Output (TIO) a escala global a cuyos valores monetarios se les ha descontado los efectos de la variación de los precios. El análisis Input-Output, desarrollado por el Nobel en Economía Wassily Leontief, proporciona una fotografía de las interrelaciones sectoriales de una economía a través de su matriz de coeficientes técnicos (Matriz A). Esta matriz informa sobre la proporción de insumos (inputs) suministrados por otros sectores que necesita cada sector para producir bienes y servicios (output). Por ejemplo, el paso de la agricultura tradicional a la moderna debería reflejarse en la matriz A a través de un incremento del peso de los insumos industriales (maquinaria, productos refinados del petróleo, etc.) en el sector agrícola.  De manera análoga, cuanto mayor sea la proporción total de insumos que necesita un sector para producir su output, menor será su capacidad para generar valor añadido (salarios y beneficios) sin aumentar los precios. Alternativamente, una reducción en la proporción de insumos necesarios para producir una unidad de producto indica una estructura, en principio, más eficiente y que podría vincularse con un proceso de desmaterialización.

En este nuevo artículo cuantificamos el efecto que ha tenido históricamente la evolución de la intensidad energética -medida como el cociente del uso de energía final por la producción de cada sector- de 5 fuentes diferentes (electricidad, gas, sólidos, líquidos y calor) en la evolución de la Matriz A. Los resultados muestran lo siguiente:

  1. En general, se demuestra que la evolución y composición por fuentes de la intensidad energética de una sociedad tiene un efecto significativo en su estructura económica.
  2. En la mayoría de casos, una disminución de la intensidad energética conduce a una reducción de la proporción que el valor de los insumos representa sobre el valor total de la producción -teóricamente liberando espacio para un incremento de su valor añadido o para una reducción en los precios.
  3. Sin embargo, existe un significativo número de relaciones en dirección opuesta, en las que una disminución de la intensidad conduce a un incremento de la proporción de insumos necesarios por unidad producida.

Estos resultados tienen diferentes implicaciones. En primer lugar, parece claro que la intensidad con la que la economía demanda insumos energéticos, dependiendo, a su vez, del tipo de energía demandada, contribuye significativamente a explicar el cambio estructural. Esto pone de relieve la necesidad de adaptar la política industrial a las necesidades de la transición energética hacia la descarbonización. Para aquellos sectores en los que predomina la relación descrita en el punto 2 anterior (menor intensidad reduce los insumos necesarios) deberían priorizarse las medidas de eficiencia energética y de electrificación -ya que la electricidad demostró ser la fuente más significativa en la evolución de sus coeficientes técnicos. Estos sectores serían, entre otros, el de la minería, la refinería de productos energéticos y sectores manufactureros como el de la producción de maquinaria, equipamiento de transporte y eléctrico, así como los sectores del transporte de superficie y de agua. En estos casos, debe siempre tenerse en cuenta los límites termodinámicos que existen para grandes incrementos en la eficiencia de oferta (a nivel de dispositivo) y la viabilidad técnica de la electrificación, como es el caso del transporte pesado de mercancías, ya sea por carretera o agua. Para vencer estas fricciones, la reducción del consumo emerge como la alternativa más recomendable, con especial énfasis en el transporte (además, uno de los sectores más emisores de CO2): un planeamiento urbano que reduzca el número de viajes necesarios, transporte colectivo y público, fomento del ferrocarril eléctrico; pero también cambios en los patrones de consumo generales orientados a una reducción de la demanda de bienes y servicios.

Una posible reducción de la proporción de insumos necesarios para producir en una economía, además, podría tener efectos de segunda ronda contradictorios. Así, una estructura económica más eficiente -que requiere menos insumos para obtener el mismo nivel de producción- podría llevar a dos situaciones diferentes: 1/ un aumento del valor añadido, si los precios se mantienen constantes; 2/ una reducción generalizada de precios. En el primer caso, se produciría un aumento de la renta disponible y, en el segundo, un aumento de la renta real -con la misma cantidad de renta, se puede acceder al consumo de un mayor número de bienes y servicios. Por lo tanto, ambas situaciones contribuirían a un aumento agregado de la demanda de bienes y servicios, alentando un efecto rebote que potencialmente compensaría total o parcialmente los efectos iniciales de la mejora de eficiencia. Mecanismos correctivos de este efecto rebote serían, por lo tanto, aconsejables.  Por un lado, las políticas de gestión de la demanda orientadas a reducir el consumo agregado en la economía. Por otro, de producirse ese incremento en el valor añadido, aplicar medidas progresivas de fiscalidad que contribuyan a financiar dichas políticas.

Lamentablemente, lo que se observa a nivel macro en los últimos años no es una disminución de la intensidad con la que la producción demanda insumos, sino más bien lo contrario. Y todo ello a pesar de una mejora generalizada de la eficiencia energética. Esto no hace más que subrayar la importancia de las medidas de gestión de la demanda, así como la de hacer contar con una política industrial bien informada acerca de los efectos que las distintas fuentes de energía pueden ejercer sobre la estructura de la economía.

https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/jiec.13352

Autores: Jaime Nieto, Pedro B. Moyano y Luis J. Miguel

Referencias

Sampedro, J.L. (1961). Realidad económica y análisis estructural, Ed. Aguilar. Madrid.

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