Post de Marga Mediavilla publicado inicialmente en su blog Habas Contadas
Incluso a mí, que llevo 20 años hablando de ello, me cuesta reconocerlo. No. Realmente no quiero verlo. Preferiría seguir “cuidándome”, manteniendo el equilibrio psicológico. Preferiría quedarme en el limbo de esta “era Sánchez” cuando la economía española parece que no van del todo mal y nos recuperamos del trauma de la crisis del 2008. Preferiría pensar que me equivoco, que las cosas van a ir lentas y todo es más progresivo de lo que pensamos los “agoreros”.
Pero la guerra lo ha precipitado todo. Y la guerra no se puede evitar, con la que ha habido ya es suficiente. A las instalaciones destruidas en el Golfo Pérsico, se suma esta semana el ataque a la terminal rusa de Novorossiysk, que reduce el 40% de la capacidad de exportación de petróleo rusa. Si mañana mismo EEUU, Israel e Irán firmasen un milagroso tratado de paz y el estrecho de Ormuz se volviera a reabrir, el daño ya estaría hecho. Ningún productor va a poder sustituir ese petróleo que ha sido retirado del mercado por la destrucción de infraestructuras.
El 80% de las reservas de petróleo del mundo se encuentran en países que ya han superado su cénit, países que llevan años sin poder aumentar su producción porque sus pozos están agotándose. Sólo Irán, Irak, Qatar, Oman, Emiratos, Canadá, EEUU, Arabia Saudi, Brasil, Kazajstán y Rusia no están ya en franco declive. Casi todos los países que podrían compensar el petróleo que no se exporta por la guerra están afectados por la guerra.
El declive del petróleo iba a suceder de todas formas, sabíamos que no podía demorarse muchos años, pero la guerra lo ha precipitado. El pico del petróleo mundial ha sido esta semana.
No estamos preparados para esto. Ni siquiera yo lo estoy. Quisiera creer que Antonio Turiel se equivoca al decir que en los próximos meses vamos a empezar con los racionamientos, los precios por las nubes, la crisis económica (no, por favor, otra vez no…). Pero…. ¿qué otra cosa podemos esperar?
Llevo casi 20 años estudiando la transición energética en el marco de la investigación universitaria junto con mis compañeros del GEEDS. Es el momento de poner en práctica todo lo que hemos aprendido en tantos años de revisión de millones datos, construcción de complejos modelos, lectura de incontables artículos… ¿Qué podemos decir que pueda ser útil en estos momentos?
Lo que tenemos muy claro quienes estudiamos estos temas es que esto va para largo y no se va a arreglar con medidas cosméticas como subvencionar las gasolinas o liberar las reservas estratégicas. La guerra no es la causa, es sólo el detonante. Los combustibles fósiles iban a entrar en declive, con o sin guerra. Habrían empezado a estancarse primero y luego caer de forma progresiva, probablemente antes del final de esta década, como prevé este informe de la Agencia Internacional de la Energía y como predijeron geólogos como Colin Campbel, Jean Laherrère, Mikael Höök o Antonio Aretxabala. Tenemos que empezar a adaptarnos a un mundo sin petróleo.
Deberíamos habernos preparado para esto hace décadas porque se sabía, las señales eran muy evidentes, pero apenas lo hemos hecho. La Agencia Internacional de la Energía, que ahora está dando consejos para superar la crisis energética, podría haber dicho hace 20 años que el petróleo convencional se estancaba y eso era un claro síntoma de agotamiento[1]. Pero no lo hizo. En torno a 2008, su director ejecutivo, Fatih Birol empezó a decir “abandonemos al petróleo antes de que él nos abandone a nosotros”, pero luego se calló. Probablemente le dijeron que cambiase ese mensaje tan radical por algo más suave como “vamos a descarbonizar la economía en 2050”.
Lo segundo que tenemos clarísimo es que esto no se arregla con energías renovables. España ha conseguido aumentar notablemente su producción de electricidad solar y eólica, lo cual nos va a venir bien para no depender demasiado del gas, el uranio o el carbón cuyos precios pueden dispararse en el mercado internacional, pero la energía eléctrica sólo es el 20% del consumo. Lo gordo, lo difícil, va a ser sustituir la gasolina y el gasóleo. Y es que la acumulación de energía es el gran talón de Aquiles de nuestra tecnología: las baterías de los vehículos eléctricos actuales tienen entre 20 y 60 veces menos energía por kilo de peso que la gasolina. Esto es especialmente dramático para el transporte, sobre todo, para las mercancías, la maquinaria pesada y la agricultura.
Como describimos detalladamente en este artículo que publicamos en 2020, electrificar los camiones, los tractores y la maquinaria pesada, teóricamente, es posible, pero se enfrenta con enormes dificultades técnicas que lo hacen farragoso, caro e ineficaz. Más del 90% del transporte de mercancías español se realiza por carretera y no tenemos alternativas a ello. Tampoco sabemos cómo electrificar los tractores, lo único que sabemos hacer es cultivar con menos labranza (por suerte, tenemos a gente como la asociación Agricultura Regenerativa Ibérica que llevan años experimentando con ello).
El mejor transporte eléctrico de mercancías es el tren. Deberíamos haber invertido en ferrocarril de mercancías en décadas pasadas, pero no lo hemos hecho, hemos apostado únicamente por el AVE entre capitales. ¿Podríamos intentar recuperar la red de media velocidad para las mercancías? En esto llegamos tarde, pero sería una medida muy útil a medio y largo plazo.
No tenemos tiempo para sustituir los coches de gasolina por coches eléctricos, pero, aunque lo tuviéramos, no deberíamos invertir en ello. Apostar por el coche eléctrico nos metería en varios berenjenales: dependencia tecnológica de las baterías chinas, escasez de minerales estratégicos, aumento de infraestructuras, aumento de la demanda de energía eléctrica… Los únicos coches eléctricos que pueden tener sentido son aquellos muy ligeros, más similares a las motocicletas que a los SUV. Este es el momento ideal para cuestionar nuestra movilidad basada en el vehículo privado y dar un cambio que sabemos que era necesario. Debemos apostar por el transporte público, por invertir todo lo que se pueda en ferrocarril, por fomentar y dar seguridad a la bicicleta (cosa que hicieron, por cierto, los Países Bajos y Dinamarca estimulados por la crisis petrolera de los 70).
Lo tercero que sabemos bien es que no debemos empeorar el problema destrozando más la naturaleza. Intentar, por ejemplo, sustituir las calefacciones de gas y gasóleo españolas por biomasa, requeriría extraer de los bosques unos 11 millones de toneladas de madera anuales que se sumarían a los 15 millones que ya se extraen. La regeneración natural son unos 20 millones de toneladas anuales, extraer 25 terminaría por dejarnos sin bosques en pocos años. También los biocombustibles (gasolinas y gasóleos sacados de cultivos) son una solución nefasta. La escasez de fertilizantes está empezando a amenazar la producción de alimentos, deberíamos pensar muy seriamente en dejar de usar alimentos para llenar los depósitos de los coches.
Ni el coche eléctrico, ni la biomasa, ni los biocombustibles, ni las renovables son la solución… ¿cuál es la solución entonces? La única solución es asumir la realidad: vamos hacia sociedades de baja energía, sociedades que tendrán que buscar la manera de hacer las mismas cosas con menos energía, con procesos más eficientes, con una organización más eficaz.
En lugar de pensar en buscar energía para hacer fertilizantes químicos, debemos buscar cómo producir alimentos sin fertilizantes químicos (por suerte, hay agricultores ecológicos que sí saben cómo hacerlo). En lugar de subvencionar el gasóleo del transporte debemos estudiar la remodelación de las cadenas logísticas para acortar las redes de distribución. En lugar de pensar en la energía para los coche debemos pensar cómo hacer que las ciudades funcionen y den calidad de vida a sus habitantes sin depender tantísimo del vehículo privado.
Debemos esforzarnos por pensar en el largo plazo, el shock de la guerra debe ser un aliciente para avanzar hacia sociedades realmente sostenibles, no para poner parches. Porque esto, en el fondo, no es más que un síntoma de la profunda insostenibilidad de nuestra forma de vida y es algo que sabíamos bien desde hace tiempo. No debemos derrochar las energías que se están volviendo escasas en aferrarnos a un modelo de sociedad de consumo ya caduco que se nos cae porque era enormemente insostenible y lo que es insostenible, tarde o temprano, se cae.
Estas son las soluciones que, desde mi modesto punto de vista, deberíamos aplicar. Pero el problema es de tal envergadura, que ni yo ni ningún grupo de investigadores, por muy preparados y honestos que seamos, podemos resolverlo. Necesitamos un cambio tecnológico, industrial, agrícola, social, económico, de modos de vida, de imaginarios colectivos…Un cambio de esta magnitud no lo puede hacer una persona, ni un gobierno, debe ser un inmenso esfuerzo colectivo: es un autentico Kaizen.
El Kaizen, esa estrategia que usó el pueblo japonés para recuperar su producción industrial después de la Segunda Guerra Mundial, es un cambio en lo pequeño y desde abajo. El Kaizen energético debe ser preguntar a cada obrero, agricultora, maestro, sanitaria, empresario: ¿y tú cómo lo harías para trabajar, vivir y funcionar con menos energía? ¿qué ayudas, qué herramientas, qué leyes necesitarías para ello?
Pero no olvidemos que el Kaizen sólo funciona cuando lo acompaña esa mentalidad japonesa de la responsabilidad de los gobernantes. No podemos esperar que el pueblo se esfuerce buscando soluciones si los ahorros conseguidos se dedican a los lujos de las elites o a mantener a flote los negocios de unos pocos. El Kaizen energético es, también, cuestionarse qué negocios son realmente importantes y cuáles no nos podemos permitir, es cuestionar profundamente nuestro modelo económico.
Otra de las cosas que dice Antonio Turiel estos días es que no tenemos planes. Y es cierto: no estamos preparados porque hemos ignorado el problema durante décadas soñando que alguna tecnología nos iba a salvar sin tener que cambiar nuestro estilo de vida. No tenemos un invento salvador. La tecnología no nos va a salvar, tenemos que salvarnos nosotros mismos. Pero, como no tenemos planes, nuestro plan debe ser ponernos, inmediatamente, tanto individual como colectivamente, a buscar esos planes que necesitamos.
Esto ha llegado. No podía ser de otra forma. Todos desearíamos que hubiera llegado más tarde. Incluso a mí, que llevo 20 años hablando de ello, me cuesta ponerme en marcha. Va ser muy difícil no dejarse llevar por el miedo, la confrontación, la angustia, pero… respiro. En esta primavera fresca y soleada algo me dice que las cosas no están tan mal, es como si un aroma de renovación flotara en el aire. Somos adictos. Esto es duro, pero lo es porque la vida nos está dando una bofetada y quitándonos el cigarrillo de la boca. Respiremos.
[1] https://www.iea.org/reports/the-implications-of-oil-and-gas-field-decline-rates/executive-summary (ver figura 37 para observar la caída entre 2006 y 2024 del petróleo de calidad o petróleo convencional)
